El Espejo.


Por M. Carmen Orcero.

La mañana se ha instalado en sus tobillos cuando llega a casa.

No ha sido más que un día como tantos. Muchas horas de rutina acumulada y apenas unos minutos para preguntarse si queda algo, si todavía resiste el cemento endeble sobre el que se construyó la vida. Reuniones, charlas, recetas para las soluciones y consignas de rebelión que nunca cambian nada. Desencanto, lucha y trajes de chaqueta gris con los que parecer algo más de lo que es. En eso podría resumir, si alguien se lo pidiera, la esencia de su día a día.

Tiene que reconocerse a sí misma que a veces, adivinar la admiración en ojos extraños o recibir el agradecimiento colgado del cuello, hace que vuelva a sentir el pellizco en el alma, ese tan breve que se convierte en insuficiente, por el que lleva respirando los últimos veinte años pasados.

“Abogada de mujeres”, le explica su madre a las amigas, con esa voz grave con la que ella sabe que escenifica lo importante. “De todo, allí ve de todo”, dice, haciéndose la interesante. “Malos tratos, injusticias en el trabajo, abandonos”…sigue enumerando sin notar su rubor, sin atisbar ni siquiera de lejos, la desgana, la impotencia, la tristeza.EL ESPEJO

Pero hoy por fin ha llegado a casa, y en eso es en lo único en lo que quiere pensar mientras pelea con la cerradura; hoy está de nuevo a salvo en el refugio donde se calza las zapatillas cómodas, donde saborea el confort del sofá de plumas.

El tintineo de las llaves sobre la mesa de cristal la acompaña por el pasillo. Mientras, va despojándose de prisa de esos zapatos carísimos que no son tan cómodos como esperaba; forcejea con la chaqueta y va desabotonando la blusa mientras le echa un nuevo vistazo al reloj. “Tienes que ponerte en tu sitio”, resuena en su cabeza, “tienes que ser fuerte y plantar cara”, se escucha desde un lugar muy lejano, mientras se ve a sí misma, como en una película de cine, con las manos apretando un brazo inerte, como sin vida.

Las sábanas cuelgan lacias hacia un lado de la cama cuando entra en la habitación. A la vista, sin pudor, el colchón exhibe las huellas de muchas noches dormidas, y la ropa de Pedro se amontona en una silla, esperándola. Sus zapatillas de deporte, las de él, asoman desde el armario en un escorzo extraño que no entiende con la primera mirada.

No queda mucho tiempo para desmaquillarse ni para devolver el tono radiante a la piel, que se ha vuelto gris. Augura que la tarde llega con la misma intensidad que la mañana que se fue. Mira a su alrededor, entre el polvo acumulado y los platos sucios, con el gesto aprendido, con la visión experta de la que sabe por dónde hay que empezar. En el teléfono móvil hace un rato que las alarmas le recuerdan que a las cinco hay tutoría, y a las seis pediatra. La parte del cerebro con la que adora a su familia empieza a ponerse en marcha, y da órdenes certeras que sólo ella va a cumplir: abrir las ventanas, pelar las patatas, dejar preparado el café.

Estira las sábanas y cierra cajones. Va de un cuarto a otro poniendo orden en un universo que ni siquiera recuerda muy bien en qué momento eligió. Desconecta el pensamiento abstracto y enciende “la tele”. Mientras las noticias auguran un futuro sin esperanzas, ella apenas tiene un minuto para observarse reflejada en el espejo de la pared. Sólo ve un cuerpo menguado que se mueve rápido por la casa, sin rostro, sin señas de identidad. Sabe que hace tiempo, como en aquella vieja canción, que el maldito artilugio ha decidido no devolverle las miradas.

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