Gota de mar.


Por Jorge Andreu.

Para todo hay una primera vez, hasta para una despedida. Empecé a escribir aquel cuento cuando mi novia me abandonó, porque, según he oído siempre, la escritura mitiga los dolores. Como sólo su ausencia me perturbaba, construí un personaje femenino de nefastas características, y para dejar constancia de cuántas injusticias hizo partícipes a los hombres, hilé una historia sin precedentes en mi imaginario, exhausto como estaba de enamorarme de su belleza.

Escribí que se llamaba Lydia y sedujo a un hombre por cada rizo de su melena. Siguiendo los tópicos más cultivados en aras de dar relevancia a su falta de educación, desarrollé para ella unos orígenes católicos. Por eso escribí que debido a su temprana orfandad, había pasado la infancia a lomos de su abuela, con quien se creía feliz en la misa de los domingos, situación que cuando cumplió quince años la condujo a rebelarse como una de las más astutas pandilleras. En el instituto acompañó a un chico a los baños y sin resistencia lo dejó hurgar bajo su falda. Más tarde se extendió el rumor de que era una chica fácil, e incluso llegó a oídos de los profesores, que trataron en vano de corregir su conducta. A medida que su cuerpo se desarrollaba, se confirmó la imagen que había forjado de sí misma: al final de sus estudios secundarios todos la llamaban «la pelandusca».

cross-764055Pero la niña religiosa metamorfoseada en profana jovenzuela era bonita como nadie, con esa tersura como de cera en la piel y sus bonitos hombros sobre los cuales se derramaban unos tirabuzones de oro. Su cuello de olor frutal, su aliento candente y aquella sonrisa incitaban a la voluptuosidad. De los corazones que arañaran sus ojos de gata, sólo uno cautivó.

Llegado a este punto, me dio un vuelco el corazón y dejé de figurarme el aspecto de aquel personaje, porque notaba mucho parecido entre esa mujer y la causante de mi abandono, y aunque mi deseo consistía en vengarme de su recuerdo, no era mi pretensión la de difamar su nombre con mentiras. Cerré los ojos para despejar la mente, pero ante la obviedad de mi impotencia, me eché a llorar encima del escritorio. Sobre el papel se desprendió una lágrima, como lanzada al fondo de un abismo, que emitió un sonido inexplicable. Mi pecho se agitaba a un ritmo irregular.

Me costaba tanto respirar que me creía en el trance de un sueño, como cuando despertamos con el corazón encogido por falta de oxígeno en los pulmones, producto del desastre de una fantasía onírica. Así me encontraba, con los ojos cerrados y la cabeza entre las manos, cuando sucedió todo.

En el silencio de la estancia, donde un minuto antes los trazos de un lápiz buscaran respuesta a mi desdicha con fervor de detective, oí una respiración que se me antojaba en la lejanía, como si mi mente pudiese captar los jadeos de la vecina de enfrente, que jugaba a la videoconsola detrás de la cortina. Aquel respirar pausado, que estremecía mis oídos hasta la exasperación, turbó aún más mis pensamientos. ¿Acaso no me encontraba solo en casa? ¿No estaban, por ese motivo, las paredes impregnadas de tranquilidad?

Me levanté. A lo largo del pasillo que separa mi despacho de las escaleras no encontré nada. Bajé al primer piso y rebusqué en cada esquina, sin éxito. Pensé que quizá el sopor estuviese a punto de vencerme, pero quería terminar el cuento y olvidar de una vez por todas el asunto.

De vuelta, en el empeño de la escritura, en la cadencia de otra frase, escuché de nuevo la respiración. La adivinaba más cerca y, sin embargo, por más que tornease la cabeza no hallaba restos de vida a mi alrededor. Seguía sin haber en el despacho nadie más que yo. De pronto, el olor a vaciedad cambió poco a poco hasta traerme el recuerdo de un aroma denso, como un habitáculo cerrado a cal y canto del que se despide un ápice de misterio. Parecía como si irradiase un suspiro en el espacio de pocos metros, cuya esencia se filtró por mi nariz y causó tal cosquilleo en mi cabeza que rescaté una vez más el recuerdo de Lydia. Aquel olor se parecía tanto a su aliento y formaba parte de la bruma de la memoria.

El hálito revivió en mí el sabor de su cuello, esa textura de fresa, y entonces mi inquietud se acrecentó sobremanera hasta rozar el límite de la incertidumbre. Mis tentativas de dar con su localización no servían de nada. Me vi recorrer como antes la casa de arriba abajo, buscar en las habitaciones, en el cuarto de baño, en el salón, en la cocina, ¡en la nevera!, hasta en el patio de la secadora, adonde nadie más que la asistenta entraba, tal era mi turbación. Regresé, por último, al escritorio con la garganta hecha un ovillo.

Sin embargo, al abrir los ojos descubrí que ni siquiera me había levantado, que aún mantenía los codos apoyados en la mesa y mi cabeza sobre las manos, que lloraba en silencio, trémula mi boca de lamentos, y notaba una presencia invisible junto a mí. Seguí con la vista fija en el cuaderno hasta palpar la realidad.

Aquella presencia extraña, como viera que yo salía del ensimismamiento en que había dejado pasar los últimos minutos, cedió su peso sobre mi hombro y hundió lo que debía de ser una mano bajo mi pijama. Se me erizó el vello al sentir unos dedos fríos sobre la piel, unos dedos que me acariciaban la espalda y me aterraban tanto que era incapaz de girarme a mirar, porque sabía que allí no había nadie. Durante un largo tramo olí su aliento y evoqué su sabor. Creía estar en lo cierto, de pronto, al adivinar detrás de mí a mi novia recién levantada, como si su abandono no fuese sino el temor de aquella noche, como si acabase de sobrevivir a una pesadilla. Y entonces, seguro de mis actos, me volví con ímpetu y allí no encontré a nadie: la cama estaba hecha y yo, sentado al escritorio. Sólo se movía, en la planicie de la pared, mi silueta dibujada por la lámpara. Tenía ante mí la cruda realidad, sensaciones causadas por la nostalgia. Así que tomé conciencia en voz alta de mi situación —no pasa nada, estás solo, ¿por qué piensas que iba a estar aquí al lado?—, tragué saliva y me dispuse a terminar el cuento.

letters-1500992Tomé el lápiz y apoyé el brazo en la libreta. Entonces descubrí, por fin, sobre la mesa, una sombra de mujer en los libros y el reflejo de su cara a través del cristal. Me aseguré de que no eran las fotos que decoraban el escritorio. Mediante una señal dijo que prosiguiera mi trabajo, que no me detuviese, como solía hacer cuando me encontraba allí postrado, y viendo cómo se escabullían mis lágrimas se acercó y me dejó en la mejilla un beso de indulgencia que debió de saberle a gota de mar, salada y espumosa. Después se marchó por la puerta, sin articular una sola palabra. Y yo me quedé en el sillón, otra vez desamparado por su partida.

Ya no se reflejaba su rostro en el cristal, ni su sombra escalaba por las montañas de libros. Consigo se llevó todas mis desdichas, pero aquel beso me sirvió de aliciente para emprender el desafío. Así que cuando desapareció al volver la esquina del pasillo, mientras oía sus pasos alejarse por la escalera sin rozar el último peldaño, esparcidos en el eco del salón como los viejos recuerdos, tenía todos los materiales que necesitaba sobre la mesa —un libro de notas, un vaso y la primera hoja en blanco de un cuaderno— y sólo me quedaba escribir.

Tomé aliento y redacté la primera frase, que me dolió como un pellizco en la memoria: «Para todo hay una primera vez, hasta para una despedida».

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