LOS DEMONIOS DE WILLIAM BURROUGHS


Por Manuel SoteliNo.


 

 A veces es irrefrenable el sentido querencial del contacto con la escritura. Es como fumar cigarrillos. Si le abres la senda, ¡qué difícil es dejarlo!



Sobre la eterna pregunta de la razón por la que se escribe la respuesta de distintos escritores ha sido para todos los gustos. Unos han afirmado que era una fuga de escape. Otros por pura vocación. Los hay que ni siquiera saben cómo comenzaron. Pero hay una buena proporción de autores que han afirmado que su irresistible adicción a las letras viene como consecuencia de un impulso de rebeldía hacia el mundo que les rodea. Darle duro al sistema con respuesta dentro del marco del atrevimiento y la fantasía. Quizá por esta lógica muchos escritores han descrito en sus textos un mundo perfecto creado a su medida y decorado por un halo de ensoñación, cautivador y apasionante. “Escribir a pesar de todo, pese a la desesperación”, decía Marguerite Duras.

En medio de esta conducta casi filosófica, a principios de los cincuenta, nació un movimiento literario formado por poetas y escritores americanos en la ciudad de Nueva York y que se denominó como “la generación beat”.

Era la promulgación de un nuevo sistema en el que los ámbitos declarados prohibidos, como podía ser el alcohol, las drogas o la promiscuidad sexual, tomaban un primer orden en su ideal caótico. Era la reivindicación de nuevos modelos político-socio-culturales. Dentro de esta generación irreverente, pero no falta de talento, estaban Jak Keromac instigador de los “beats” y escritor. Gregory Corso, poeta y novelista. Lawrence Ferlinghetti poeta, Allen Ginsberg poeta que en su primer poemario publicado (Aullido) ya tuvo problemas judiciales y William Burroughs, uno de los novelistas con más talento que ha dado la literatura estadounidense.

william-burroughsQuería en este artículo detenerme en la figura de William Burroughs. Quizá el más atípico y estrambótico de entre sus compañeros de camada literaria. Su vida giró continuamente alrededor de la heroína, el alcohol y el inconformismo. A Burroughs cuando se le preguntaba la razón por la que escribía, contestaba que lo hacía porque era un rito sacro capaz de exorcizar ciertos demonios que habían hecho de su vida un infierno.

Estos demonios se colaron el la vida de Burroughs la noche en la que su mujer –Joan Wolmer- y él invitaron a cenar a una pareja de amigos. El matrimonio Burroughs no pasaba precisamente sus horas más dulces. Él experimentaba con los alucinógenos mientras que ella estaba cansada de aguantar los entresijos homosexuales de su marido

A mitad de la cena, cuando el ambiente debía de estar bastante cargado, Burroughs, que era un entusiasta de las armas, sacó del cajón un revolver y dijo: “Cariño, ha llegado la hora de jugar a Guillermo Tell”. Ella le siguió la macabra broma y, riéndose, se puso un vaso en la cabeza mientras gritaba: “¡Dispara cariño, dispara!”. Burroughs se separó unos metros, apuntó como pudo y ante la atónita mirada de los invitados disparó una bala que fue a alojarse en la cabeza de su mujer. Murió al instante.

En el instante en el que la bala atravesaba el celebro de Joan, los demonios inmun-dos se colaban en el cuerpo de Burroughs. Jamás pudo aceptar el fortuito accidente que acabó con la vida de su pareja. Desde entonces no pudo hacer otra cosa más que escribir. Como si fuera una medicina que aliviaba el trotar continuo de sus demonios interiores. Y así nacieron novelas del calibre de Yonqui, o El almuerzo desnudo. La literatura puede ser mágica y tener la fuerza suficiente como para curar todo lo que se proponga. Pero en el caso de Burroughs es una falacia. Hay ciertas dolencias que ni siquiera el talento las puede extirpar. Esas frustraciones y esos demonios que, no sólo Burroughs, sino todos llevamos dentro. Decía el mismo William Burroughs que después de toda una vida de enloquecido ritmo había llegado al mismo punto de partida. Podía estar ocho horas seguidas mirándose el dedo gordo de los pies sin inmutarse. Como cuando era adicto a la heroína. Quizá la vida no sea más que una vuelta a empezar, pero por lo menos sabemos que, a William Burroughs, la literatura le alivió esos demonios perpetuos que llevaba donde siempre llevó la heroína: en las venas.
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