Menos tele y más cocinar


Por Charo Barrios.

Jugar al frívolo laboratorio en los fogones, con las deconstrucciones, caramelizados, salteados, confitados, braseados y mil combinaciones experimentales, está siendo objeto de atención y miradas a través de las imágenes impactantes que nos muestra la televisión. Los concursos de cocina enseñan no solo la técnica, sino también las reacciones, fortalezas y debilidades de los protagonistas humanos. El espectáculo está servido.

El seguidor –frente al sofá- no se ha perdido un solo detalle del programa, tal vez mientras estaba cenando comida rápida, o simplemente descansando tras una dura jornada. Allá en la cocina, cerca del salón televisivo, una nevera guarda comida cruda que no ha sido manufacturada, y verduras que nadie ha limpiado ni troceado para saltear o cocer. La tele ha ganado la batalla una vez más al sentido común.

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Son casi las doce de la noche y es hora de irse a la cama. No se ha previsto qué comer mañana. No se ha descongelado el pescado que ya está criando escarcha el pobre. La cocina de casa no tiene glamour ni notoriedad. ¡Tanto programa mediático de show cooking para que al final no haya un homecooking decente en esta cocina cuyos muebles costó tanto pagar.

Los expertos lo advierten: al caer el día, perdemos tiempo ante el televisor, un tiempo precioso que deberíamos invertir en preparar nuestra comida: nuestro potaje, nuestro guisote, ése que mañana nos vamos a encontrar al llegar al mediodía del trabajo, o que incluso podremos llevarnos en una fiambrera. Un plato, que puede llevar de todo, y que –por sí mismo- nos lo dará todo, a cambio eso sí, de prescindir de esa pantalla cruel, absorbente y estúpida que solo cuenta lo superficial, que no habla de la salud en la comida, solo de la parte competitiva del trabajo. No menciona tampoco la convivencia, la educación, la disciplina o el respeto que la alimentación humana trae consigo.

No hay excusa para no cocinar, ni para planificar unos menús decentes, con comidas propias del principio al final, sin subcontratas de platos, que aprovechan los que yo me sé para introducir ingredientes indignos. Lo más valioso es lo que hemos hecho con cariño, combinando fuego, materias primas, técnicas, tiempo y voluntad, con el único y gran objetivo de alimentarnos y de ganar el reto de la salud propia y de los que nos rodean. No hay excusa para la responsabilidad. Deja la tele, olvídala. Algún día la cocina te devolverá tu dedicación. Además, podrás contarlo a tus hijos, tal como hizo tu madre contigo. Menos tele y más cocinar.

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