Para Alba.


Por Nuriel Garralón.

 

Cae la noche y el silencio se apodera de toda la casa. Tan solo las suaves respiraciones de los Arlequindurmientes perturban la paz. A veces con sonido de sábanas, a veces con un ronquido.

En la habitación de Alba, sin embargo, reina la espectación. Los juguetes llenan los estantes, se asoman desde lo alto de los muebles, todos con sus ojos pintados fijos en un pequeño xilófonobajo el ventanal. La luz de la luna cae como un foco sobre él, arrancando destellos de plata. Una diminuta figura trepa por un lateral, se posa sobre el instrumento y saluda con una reverencia a su público de trapo.

Se trata de una muñequita menuda, vestida de arlequín y con una sonrisa traviesa bailándole en los labios. La música comienza con su primer paso, una nota vibrante y aguda, y una primera estrella. Sus piececitos se mueven con gracia sobre las teclas del xilófono, arrancándole una melodía, llenando el firmamento de luces. Gira, salta y ríe, y su risa es clara como el cristal y al mismo tiempo es un susurro inaudible.

El baile termina. El cielo nocturno refulge unos instantes hasta quelas notas se apagan, y las estrellas se despiden con tímidos tintineos. La bailarina saluda con otra reverencia, y entre su público estalla un aplauso, que solo los soñadores podrán oír.

La muñeca alza la mirada hacia la cama, hacia la niña que allí duerme, y cuyos labios estan curvados en una sonrisa. Ella sonríe tambien.

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